Mucho antes de la ciencia, ya teníamos oráculos. Ciencia y oráculos no se contradicen. Responden a preguntas distintas. La ciencia contesta lo que se puede comprobar. El oráculo contesta lo que no.
Lo que le preguntas a un oráculo es algo que el pensamiento racional, por sí solo, no termina de resolver. ¿Es este el trabajo indicado para mí? ¿Debo terminar con mi relación? ¿Qué me está pidiendo la vida en este momento? Estas cosas no las puede responder un microscopio. Y los seres humanos lo sabemos desde hace por lo menos cinco mil años.
Hubo oráculos en casi todas las culturas
Los griegos tenían a la Pitia en Delfos. Los nórdicos usaban las runas. La tradición yoruba, en África occidental, tenía Ifá. Los budistas tibetanos tenían el Mo. Los pueblos originarios de América también tenían sus prácticas, desde leer los huesos hasta escuchar los sueños. El Tarot llegó después, en la Europa medieval, y es de la misma familia. Todos hacen lo mismo: le llevan una pregunta a algo más grande que la mente racional, y escuchan la respuesta.
De todos los sistemas oraculares que hemos construido, dos llevan funcionando sin interrupción al menos tres mil años. Sobrevivieron a imperios. Se siguen estudiando y practicando hoy. Son la Astrología y el I-Ching. Y son los dos con los que más trabajo.
Una breve historia de la Astrología
La Astrología, en su forma organizada más antigua, viene de la antigua Mesopotamia, alrededor del 2000 a.C. Los sacerdotes babilonios subían a los zigurats y miraban el cielo. Seguían la luna, el sol, los cinco planetas visibles, las constelaciones. Anotaban lo que veían sobre arcilla húmeda, y notaban correlaciones entre lo que pasaba arriba y lo que pasaba abajo.
Hacia el 1500 a.C. ya habían compilado el Enuma Anu Enlil, una obra de referencia con unos siete mil presagios celestes repartidos en setenta tablillas de arcilla. Es el texto astrológico más antiguo que tenemos. Hace tres mil quinientos años, alguien en Babilonia leía el cielo y escribía sus observaciones.
Tras las conquistas de Alejandro Magno, en el siglo IV a.C., la Astrología babilónica se encontró con la filosofía griega. Los griegos trajeron los cuatro elementos, la doctrina de los cuatro humores, el descubrimiento de la precesión de los equinoccios. Alrededor del 150 d.C. el astrónomo Claudio Ptolomeo compiló el Tetrabiblos en Alejandría, un texto que los astrólogos siguen citando hoy, casi mil novecientos años después.
Cuando el mundo grecorromano se deshizo, la Astrología sobrevivió a través de los eruditos árabes durante la Edad de Oro del islam. Astrónomos persas y árabes conservaron a Ptolomeo, ampliaron las técnicas, y se las devolvieron a Europa mediante traducciones al latín en el periodo medieval. Para el Renacimiento, la Astrología se estudiaba junto a la astronomía en las universidades europeas. Las dos solo se separaron hacia el siglo XVII, cuando la astronomía se volvió estrictamente empírica y la Astrología se quedó con el sentido.
En el siglo XX vino otra transformación. Pensadores como Dane Rudhyar y Liz Greene, apoyándose en el trabajo de Carl Jung sobre los arquetipos y el inconsciente, replantearon la Astrología como un lenguaje para la psique. No una predicción del destino. Una descripción del clima interno en el que naciste. Esa es la Astrología que practicamos casi todos ahora.
Una breve historia del I-Ching
El I-Ching es todavía más antiguo que la Astrología en forma de texto continuo. Nació de la adivinación con huesos oraculares en la China de la Edad de Bronce, donde los adivinos calentaban el omóplato de una res, o la parte baja del caparazón de una tortuga, hasta que se agrietaba, y luego leían las grietas. De esa práctica, en algún momento del periodo Zhou occidental, alrededor del 1000 a.C., se escribió la capa más antigua del I-Ching.
Hacia el 800 a.C. ya estaban nombrados y ordenados los sesenta y cuatro hexagramas. Cada hexagrama se arma con dos trigramas, y cada trigrama con tres líneas, continuas o partidas. Sesenta y cuatro combinaciones cubren el campo. La tradición dice que el rey Wen de Zhou, preso del último rey Shang, ordenó los hexagramas en su secuencia clásica y escribió los dictámenes de cada uno. Su hijo, el duque de Zhou, añadió los textos de las líneas.
Durante el periodo de los Reinos Combatientes, el I-Ching absorbió el comentario confuciano, llamado las Diez Alas, que lo elevó de simple manual de adivinación a texto filosófico. Durante tres mil años fue el libro más consultado de China, usado para todo, desde decisiones reales hasta diagnóstico médico hasta interpretación artística.
El I-Ching llegó a Occidente por partes. Los misioneros jesuitas de los siglos XVII y XVIII enviaron las primeras traducciones al latín de vuelta a Europa. Gottfried Leibniz estudió los hexagramas y notó su parecido con el código binario. Pero el I-Ching solo entró en la conciencia occidental moderna a principios del siglo XX, cuando el sinólogo alemán Richard Wilhelm publicó su traducción en 1923. Cary Baynes pasó el alemán de Wilhelm al inglés en 1950, con un prólogo de Carl Jung, y esa edición inglesa llevó el I-Ching a un público occidental amplio por primera vez.
Un siglo después, esos mismos sesenta y cuatro hexagramas son el esqueleto de sistemas occidentales más recientes. El Diseño Humano toma del I-Ching sus sesenta y cuatro puertas. Las Llaves Genéticas toman del mismo lugar sus sesenta y cuatro llaves. El hilo va de la China de la dinastía Zhou, pasa por Wilhelm y por Jung, y llega a sistemas que se practican hoy en California y en Costa Rica.
De la predicción a la autonavegación
Tanto la Astrología como el I-Ching empezaron como herramientas de predicción. Los sacerdotes babilonios predecían el destino del rey. El rey Wen consultaba los hexagramas sobre las batallas. Durante casi toda su historia, estos sistemas sirvieron para preguntar qué iba a pasar.
Y tiene sentido, en mundos donde la vida y la muerte estaban más a flor de piel. Si la decisión equivocada significaba hambruna o guerra, querías un método, el que fuera, para inclinar la balanza.
Ahora pasa otra cosa. Casi todos los que trabajamos con estos sistemas ya no los usamos para predecir hechos. Los usamos para leer energía. Para nombrar lo que se mueve en el momento presente. Para reconocer con qué estamos trabajando, por dentro. Para encontrar mejores preguntas, no mejores respuestas.
Por eso los llamo sistemas de autonavegación. El nombre es a propósito. Un sistema de autonavegación te da un mapa de tu interior, no un pronóstico de tu exterior. Te devuelve a tu propia autoridad en vez de ocupar su lugar. Tú sigues siendo quien camina. El mapa solo te muestra dónde estás.
Por eso también me tomo tan en serio la frase de Caroline Casey. No creas nada, contempla posibilidades. Los sacerdotes antiguos creían. Nosotros podemos hacer algo distinto. Podemos sentarnos con los sistemas, dejar que trabajen en nosotros, y ver qué viene, sin renunciar a la mente crítica que tanto nos costó ganar en estos últimos siglos.
Por qué estas herramientas antiguas siguen sirviendo
Estos sistemas no están probados científicamente, y no se construyeron para estarlo. Preguntar si la Astrología o el I-Ching son «reales» del modo en que la física es real es hacerles la pregunta equivocada.
Lo que ofrecen es un lenguaje para capas de la experiencia que no tienen otro nombre. Lo mitopoético, lo simbólico, la sensación sentida, el patrón que se repite. Buena parte de la vida moderna no tiene lenguaje para esas capas. Tenemos palabras para lo empírico y palabras para lo emocional, y no mucho en medio.
Cinco mil años de gente mirando el cielo y consultando los hexagramas sugieren que esa capa invisible es real, y que vale la pena hablarle. Estos sistemas son la forma en que le hemos hablado. Siguen funcionando, en el único sentido en que tiene sentido pedirles que funcionen. Nos devuelven a nosotros mismos.
Preguntas frecuentes
¿Qué es un oráculo?
Un oráculo es una forma de hacer una pregunta que el pensamiento racional, por sí solo, no puede contestar del todo. Cada cultura construyó el suyo: la Pitia en Delfos, las runas nórdicas, el Ifá yoruba, el Mo tibetano. Todos hacen lo mismo: le llevan una pregunta a algo más grande que la mente racional y escuchan lo que vuelve.
¿Qué antigüedad tiene la Astrología?
La Astrología organizada más antigua viene de la antigua Mesopotamia, alrededor del 2000 a.C. El texto astrológico más antiguo que se conserva, el Enuma Anu Enlil, es de aproximadamente el 1500 a.C., unos tres mil quinientos años. La observación del cielo aún anterior, más proto-astrológica que sistemática, podría remontarse a tiempos sumerios, hacia el 3000 a.C.
¿Qué antigüedad tiene el I-Ching?
La capa más antigua del I-Ching se escribió en el periodo Zhou occidental, alrededor del 1000 a.C. Los sesenta y cuatro hexagramas estaban nombrados y ordenados hacia el 800 a.C. El texto creció durante los Reinos Combatientes y el periodo Han, incluyendo los comentarios confucianos conocidos como las Diez Alas. Se ha consultado sin interrupción durante unos tres mil años.
¿Por qué los llamas sistemas de autonavegación en vez de oráculos?
La palabra «oráculo» arrastra una connotación de predicción que no encaja con cómo uso estos sistemas. No estoy prediciendo tu futuro. Estoy leyendo lo que se mueve en tu carta o en tu hexagrama y devolviéndotelo, para que navegues tus propias decisiones con una idea más clara de con qué estás trabajando. «Sistema de autonavegación» lo describe con más honestidad.
¿La Astrología y el I-Ching están probados científicamente?
No, y no se construyeron para estarlo. Los dos describen capas de la experiencia que la ciencia empírica no intenta medir: lo simbólico, lo mitopoético, el patrón que se repite, la sensación sentida de una estación. Si son útiles es una pregunta distinta de si son científicos. Para mí, la prueba es si sentarse con ellos produce un cambio real. Después de miles de años de práctica, para muchos la respuesta sigue siendo sí.
Fuentes
Las afirmaciones históricas de este artículo se apoyan en lo siguiente.
Sobre la Astrología babilónica
- «Babylonian astrology.» Wikipedia. en.wikipedia.org/wiki/Babylonian_astrology
- Ptolomeo, Claudio. Tetrabiblos. c. 150 d.C. (Varias ediciones modernas; la de la Loeb Classical Library es la referencia académica estándar en inglés.)
Sobre el I-Ching
- Wilhelm, Richard, trad. The I Ching or Book of Changes. Traducción al inglés de Cary F. Baynes. Prólogo de C. G. Jung. Bollingen Series XIX. Princeton University Press, 1950 (tercera edición 1967).
- Shaughnessy, Edward L. The Origin and Early Development of the Zhou Changes. Brill, 2022.
- «What Is the I Ching?» ChinaFile (archivo NYRB China). chinafile.com/library/nyrb-china-archive/what-i-ching
Sobre la frase «no creas nada, contempla posibilidades»
- Casey, Caroline W. Making the Gods Work for You: The Astrological Language of the Psyche. Harmony Books, 1998.
